miércoles, 18 de abril de 2018

El Concepto de Estado en el Islam


Dentro de la Edad Media, surgen tres religiones y culturas que se extienden hasta la actualidad, el cristianismo con su base en Roma y que engloba principalmente a Europa y América, Bizancio que se expande con el Imperio Bizantino y que actualmente se encuentra en Europa Oriental, y el Islam, religión que nace en la Edad Media y que tiene su base en un principio en los países árabes, extendiéndose hasta Asia y África.

“Cuando nosotros en el mundo occidental, enraizados en la tradición occidental, utilizamos las palabras "Islam" e "islámico" tendemos a cometer el lógico error de dar por sentado que la religión significa para los musulmanes lo mismo que significo en el mundo occidental, sobre todo en la Edad Media, esto es, una sección o compartimiento de la vida reservado para ciertos temas y separado, o al menos separable, de otros compartimientos dispuestos para albergar otros asuntos. No es así en el mundo islámico”. (Lewis 13) Desde nuestra historia, la Iglesia y el Estado se terminaron de separar con el liberalismo y la Revolución Francesa, para los musulmanes es una realidad hasta nuestros días que su religión determine las políticas de Estado.

Del Islam es muy poco lo que sabemos como occidentales, si bien en la actualidad ha estado en la palestra pública debido a los constantes ataques terroristas y la guerra en Siria, la mayoría de los occidentales no nos encontramos familiarizados con su cultura y religión.

La Historia del Islam se remonta hasta el siglo VII, en la ciudad de La Meca, en la península arábica, en donde Mahoma afirmó estar recibiendo revelaciones de Dios,

“El mensaje implícito en tales revelaciones era simple y terminante: los hombres debían darse cuenta de una vez por todas de que existe un solo Dios, y de que era preciso dejar de adorar a otras deidades. Omnisciente y omnipotente, pero también clemente y misericordioso, el Dios único exigía a los hombres una completa sumisión a sus dictados”. (Manzano 12)

Dios, antes había intentado entregar sus mensajes a judíos y cristianos pero distorsionaron su contenido, según Manzano,

“la revelación encomendada a Mahoma se presentaba, por lo tanto, como un eslabón más en la cadena de intentos que el Dios único había hecho para manifestarse ante los hombres, pero tal eslabón presentaba una peculiaridad importante: iba a ser el último y definitivo, el que sellará para siempre la revelación divina hasta la llegada del Día final”. (12)

Debido a la época y la situación de medioriente el mensaje entregado por el profeta “no conoció una unidad política y cultual homogénea como la que había representado el Imperio Roma”, (Manzano 12) para el desarrollo del cristianismo.

Debido a esta falta de institucionalidad política y cultural que presentaban los países árabes en la época, en Mahoma se entremezcló el rol de hombre de Estado y figura religiosa,

“entremezclado de esta forma el contenido de su mensaje religioso con las propias circunstancias políticas que le habían tocado vivir, la posterior carrera de Mahoma habría estado condicionada por una doble vertiente que M. Watt ha definido, tal vez algo exageradamente, como la de un profeta y un hombre de estado. En calidad de profeta, Mahoma se presenta como el recipiendario de la Revelación definitiva que ha sido transmitida por Dios, y que con el paso del tiempo acabará siendo recopilada en un libro que con el nombre de Corán reproduce palabra por palabra el contenido de los mensajes directamente emanados de Dios, un rasgo éste muy importante. Como hombre de estado la tradición musulmana representa la carrera de Mahoma como orientada, a su vez, en una doble faceta; una interna, en calidad de organizador de la comunidad formada por sus seguidores –un aspecto éste que también tendrá importantes repercusiones en el futuro-, y otras externa que se verá marcada por el enfrentamiento político y bélico que Mahoma tuvo que emprender contra sus conciudadanos de La Meca.” (Manzano 12-13)

En vida, Mahoma nunca especificó como se debía organizar el Estado musulmán, lo que trajo muchos problemas en la sucesión del poder. Sin embargo, durante su vida creo una comunidad seguidora de las reglas del Corán y con sus propias tradiciones. “La predicación de Mahoma había originado una comunidad comprometida a vivir en armonía con las normas contenidas o implícitas en el Corán”. (Hourani 90)

Con la muerte de Mahoma, desaparece la figura del profeta pero esto no implica la disolución de la umma, por el contrario la comunidad tiene un nuevo liderazgo, los califas, quienes asumen la jefatura religiosa y la función política de Mahoma, continuando el rol de Estado que ejercía el profeta. El califa era la cabeza del Islam, dirigía el estado, de él derivaba todo el poder y todos los funcionarios de la administración central (diwan).

Los primeros califas sucesores del profeta, utilizaron el modelo de la umma, creado por Mahoma y

“uno de los mejores aciertos de Muhammad en esta época fue la promulgación de una disposición según la cual todos los habitantes de Medina constituirían, en adelante, una sola comunidad (ummah) bajo su mando. De esta manera, los diversos grupos étnicos y tribales quedaban integrados en una única entidad política, conservando su personalidad y sus creencias y costumbres, sin que fuese obligatoria la aceptación del islam”. (Bramon 44)


Concepto de Estado

            La palabra Estado proviene del latín status, que se traduce como “la condición de ser” y es utilizada por Nicolás Maquiavelo en su obra El Príncipe. Según Francisco Porrúa Pérez en su obra Teoría del Estado,

            “el Estado es una sociedad humana, establecida en el territorio que le corresponde, estructurada y regida por un orden jurídico, creado, aplicado y sancionado por un poder soberano, para obtener el bien público temporal”. (26) Según esta definición, “el Estado es una sociedad de hombres que conviven aunando sus esfuerzos y aspiraciones para lograr el bien o perfeccionamiento total de la propia comunidad social y de todos y cada uno de los hombres que la integran obedeciendo a un grupo gobernante”. (Porrúa 29)

            Según Porrúa, existen antecedentes del Estado en culturas de la Antigüedad y la Edad Media anteriores a la idea del Estado Moderno, “por tener en su base sociedades de hombres que combinaban sus esfuerzos y se sometían a una dirección o gobierno propio con objeto de obtener el bienestar general. (29)

Dentro de estos antecedentes nombra a la sociedad China gobernada por un monarca, quien perpetuaba el poder hereditariamente. En el Antiguo Oriente existieron culturas como Egipto, Persia, Asiria, Babilonia e Israel, en donde se presentaron Estados despóticos o Estados teocráticos. Las ciudades Estado griegas como Esparta y Atenas, también son un claro antecedente de los Estados Modernos. En la sociedad espartana, se aprecian las características del “sacrificio de la persona humana en aras de la comunidad política, subordinando al poderío de ésta todos los valores individuales”. (Porrúa 51) Y la democracia ateniense en donde los habitantes de la polis tomaban parte de las tareas de gobierno.

La civitas romana, es el ejemplo más importante de los Estados antiguos. En sus primeros tiempos fue una monarquía, que luego paso a República y termino siendo un Imperio. En la Edad Media, la Iglesia aprovecho las instituciones y la estructura del Imperio Romano, y se mezcló con la institucionalidad política de la época. “Las palabras divinas contenidas en el Evangelio de San Mateo: "Dad al César, lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios", indicaron la presencia de las dos esferas sociales con distinto ámbito de validez: la Iglesia y la sociedad política”. (Porrúa 70)

En el siglo XI, con el Sacro Imperio Romano Germánico, “fueron apareciendo controversias entre el poder espiritual y el temporal que culminaron con la querella de las investiduras, cuya base fue si el Emperador tenía o no potestad para conferir la dignidad eclesiástica a las jerarquías religiosas”. (Porrúa 76)

A comienzos de la Edad Moderna con el Renacimiento y la Reforma Protestante, que dividió al cristianismo, “hubo además un acontecimiento de fundamental importancia: el fortalecimiento del poder de los monarcas frente a los señores feudales, que motivó la unificación nacional y dio como resultado el nacimiento del Estado moderno”. (Porrúa 86)

Para Ullmann, el concepto de Estado solo comienza a utilizarse a partir del siglo XIII, basado en la obra de Aristóteles,

“en el periodo medieval anterior al siglo XIII resultaba por completo desconocido el concepto de Estado como conjunto independiente, autosuficiente y autónomo de ciudadanos que viven, por así decirlo, de sí mismos y según sus propias leyes. Este concepto surgió en el siglo XIII a consecuencia de la influencia del filósofo griego Aristóteles”. (19) Además precisa que los términos Estado ni político se utilizaban en esa época, “No se usaban el término "Estado" ni el termino "político", sino "gobierno" (gubernatio, gubernaculum o gubernator), el cual estaba en relación con el concepto romano de - jus dicere (jurisdicción)”. (Ullmann 19)

Con el Renacimiento italiano surge “la concepción del Estado moderno. El pensamiento de Maquiavelo desborda sin duda, muchos de los rasgos de la sociedad política antigua. Ya se ve el nacimiento del Estado moderno concebido con su ingrediente específico de soberanía”. (Porrúa, 83)

Por lo tanto, la idea de Estado Moderno, surgió gracias a las características propias del mundo occidental y sobre todo al rol de la Iglesia Católica en la Edad Media,

“La Iglesia con su tradicional unidad. Ofrecía al mundo un ejemplo magnífico de concepción monista de las organizaciones y sirvió de esta manera indirecta a la construcción unitaria o monista del Estado moderno. Éste surgió al tenerse la concepción del mismo como unidad que superaba al dualismo existente entre rey y pueblo y entre poder espiritual y temporal que caracterizó las sociedades políticas de la Edad Media”. (Porrúa, 83-84)

La lucha entre el Estado y la Iglesia, que venía desde la Edad Media, finalmente se resuelve “a favor del Estado, relegando a la Iglesia a su esfera y aún, en algunos casos, relegándola a un término de subordinación”. (Porrúa, 84)

El concepto de Estado Moderno difiere de las organizaciones políticas de la Antigüedad,

“el dualismo que distingue a gobernantes y gobernados en la Edad Media, aun cuando fue superado, dejó hondas huellas en el Estado moderno. El individuo, hasta que surgieron los regímenes monstruosos del siglo xx, nunca fue devorado totalmente por la organización política. Con mayores o menores restricciones siempre se le reconoció una esfera de derechos individuales y esto como una consecuencia del dualismo medieval entre príncipe y pueblo entre gobernantes y gobernados. El dualismo entre Estado e Iglesia, reflejado en las luchas del Tiempo Medio, se ha resuelto por la delimitación de las diversas esferas de soberanía espiritual y temporal”. (Porrúa, 85)

Para los Estados Modernos, “la libertad religiosa es una de las conquistas inalienables de la persona humana. Las creencias religiosas deben significar una barrera infranqueable para la actividad estatal que debe respetarlas”. (Porrúa, 85) La principal característica del Estado Moderno es la afirmación de la existencia del individuo con derechos personales, los que se consagran en las Constituciones.

El concepto que tenemos en el mundo occidental acerca del Estado Moderno, si bien tiene ciertas características similares al concepto de Estado para el Islam, no comparte la misma Historia, y al no tener una raíz común como es el caso de los Estados cristianos occidentales, no podemos aplicar este concepto para referirnos al Islam originado en el siglo VII.

Además el concepto de Estado creado en el Renacimiento, resulta anacrónico al aplicarlo en el mundo del Islam creado por el profeta.

“Es común que encontremos referencias al “Estado” creado por Muhammad. Sin embargo, la utilización del concepto es anacrónica, pues se entiende al Estado -desde una perspectiva histórica- como una creación propia del Mundo Moderno. Dentro del contexto en el cual es utilizado, se entiende que es para explicar una realidad política organizada, cuyos elementos más claros se manifiestan en el marcado tono legislativo que adquiere el Corán y, también, la Tradición”. (Campanini 2003) (Melo 173)

Otra diferencia entre el Islam y la cultura occidental es que,

“En el islam clásico no había diferencia entre Iglesia y Estado… En el Islam anterior a la occidentalización no había dos poderes, sino uno sólo, y, por tanto, no pudo surgir la cuestión de la separación. La distinción entre Iglesia y Estado, tan profundamente arraigada en el Cristianismo, no existía en el Islam, y en árabe clásico, como en otras lenguas cuyo vocabulario intelectual y político deriva de aquél, no había parejas de palabras que correspondiesen a espiritual y temporal, laico y eclesiástico, religioso y secular”. (Lewis 13) Por lo que además de no tener una historia en común, jamás se separó la función del Estado del ámbito religioso como si sucedió en occidente, tan así que, “ni siquiera en el lenguaje moderno hay un equivalente musulmán para "Iglesia", en el sentido de "organización eclesiástica". Las distintas palabras que significan mezquita se refieren solo a un edificio que es el lugar de culto, no una abstracción, una autoridad o una institución”. (Lewis 14)

Para el mundo musulmán, es el Islam el que crea las leyes no el Estado, y estas leyes se mantienen por que han sido reveladas por Dios en el Corán, por lo tanto,

“el deber del gobernante es defender y apoyar, mantener y reforzar la ley que le limita a él mismo tanto como al más humilde de sus súbditos. Con estos propósitos puede imponer normas y disposiciones para clarificar y aplicar la ley. No puede, en modo alguno, abrogar ni enmendar la ley, ni le puede hacer adiciones”. (Lewis 61) A diferencia del Estado Moderno, en donde es el Estado el que crea las leyes para proteger los derechos de los hombres, pasando por encima de la religión.

La Sharia, la ley sagrada del Islam, abarca todo tipo de actividades humanas, y por ende se preocupa de la organización del gobierno,

“La función principal del gobierno es hacer posible que el individuo musulmán lleve una vida musulmana recta. Esta es, a fin de cuentas, la razón de ser del Estado, la única para la que Dios lo ha establecido y la única por la que le ha dado autoridad sobre los demás. El valor del Estado y las buenas o malas acciones de sus hombres se miden por el grado hasta el que se cumple este propósito. El precepto básico de la vida política y social musulmana, formulado generalmente como "hacer el bien y evitar el mal", es así una responsabilidad compartida por el gobernante y el súbdito o, en términos actuales, por el Estado y el individuo”. (Lewis 57-58)

También existen visiones que indican que el Islam no fue pensado como un Estado, y más bien se formó de acuerdo a la situación que se vivía en la época,

“los estudiosos que defienden esta postura establecen que el pensamiento clásico islámico está basado en el principio de comunidad y no de Estado o de una determinada idea de Estado. Lo anterior se justifica por el hecho de que en ninguna parte del Corán habla de la promesa de un Estado o cualquier forma de entidad política, salvo de la comunidad de creyentes (Ghalioun 1999). Esto es tan así que en el Corán el Estado aparece como la encarnación del mal. Desde esa óptica, el papel estatal habría sido asumido por la religión. Esta organización religiosa se basa en un poder profético que emana de una revelación y que busca preparar a los hombres para la vida eterna”. (Melo 177)

            Intentar estudiar el Islam desde una visión política o solo religiosa, sería un error, ya que en el mundo musulmán ambos están ligados desde un comienzo, si bien los estados islámicos en la Historia han tenido similares características a los Estados Modernos occidentales, desde el punto de vista político difieren en su forma de origen histórico y en la soberanía de sus leyes. En el Islam las leyes no las crea el pueblo o la nación para salvaguardar sus Derechos Humanos, las crea Dios, por lo tanto no se pueden modificar. De igual forma y por esto mismo es que la religión sigue unida al Estado, y lo seguirá estando mientras estos países sigan practicando el Islam.



Bibliografía 

·     Bramon, Dolors. Una Introducción al Islam: Historia, Religión y Cultura. Barcelona: Editorial Crítica, 2009. Impreso.

·       Houraní, Albert. La Historia de los Árabes. Barcelona: Ediciones B, 2009. Impreso.

·     Lewis, Bernard. El Lenguaje Político del Islam. Madrid: Editorial Taurus Alfaguara, 1990. Impreso.

·    Manzano Moreno, Eduardo. “El Surgimiento del Islam en la Historia”. Instituto de Estudios Riojanos. 1995: 11-22. http://digital.csic.es/handle/10261/14026 Web. 04 octubre 2017.

·       Melo, Diego. “El problema político en los albores del islam: la relación entre religión y la política a partir de dos visiones historiográficas. Revista de estudios transfronterizos. Volumen IX. N°1 2007: 171-182. http://www.redalyc.org/html/3379/337930326007/ Web. 04 octubre 2017.

·      Porrúa Pérez, Francisco. Teoría del Estado. México: Editorial Porrúa, 1999. Impreso.

·     Ullmann, Walter. Historia del Pensamiento Político en la Edad Media. Barcelona: Ariel Grupo Planeta, 2013. Impreso.

martes, 17 de abril de 2018

Cruzada, Motivaciones y Guerra Santa


La visión que tenemos de las cruzadas está muy influenciada por las ideas occidentales actuales. Para los musulmanes las cruzadas representan una agresión de Occidente en terrenos santos para tres religiones (judía, musulmana y cristiana), para ellos, el occidental saqueó, violó y mató a todo aquel que no profesara su religión. Para los occidentales las cruzadas representan una peregrinación armada en contra del agresor musulmán que tomó la tierra sagrada en donde nació Jesucristo. El Historiador José Marín en su libro Cruzada, Guerra Santa y Yihad. La Edad Media y Nosotros señala “que en Occidente, cuando oímos la palabra “cruzada”, no escuchamos lo mismo que un musulmán, y no relacionamos tal palabra con “Guerra Santa””. (45-46)

La idea de una cruzada a tierra santa se comenzó a gestar cuando “en febrero de 1095, el Papa Urbano II, de camino a Francia, recibió en Piacenza a los emisarios enviados por el emperador Alejo I Comneno en busca de ayuda para hacer frente a los turcos. En realidad, Bizancio no estaba en peligro, pero necesitaba tropas para explotar las divisiones entre los selyúcidas”. (Madden 36) Bizancio envía emisarios a Occidente en busca de mercenarios que pudieran servir al emperador en su reconquista de los territorios tomados años antes en la batalla de Manzikert, por los turcos selyúcidas, quienes habían arrasado con el ejército bizantino perdiendo territorios importantes de Asia menor. “En el año 1071, el Emperador Romano IV Diógenes (1067-1071) respondió invadiendo el territorio selyúcida, donde sus tropas sufrieron una descomunal derrota de manos del sultán Alp Arslan (1063-1072) en Manzikert, cerca del lago Van, en Armenia (la actual Turquía)”. (Madden 34-35)

En 1095, la máxima autoridad de la cristiandad occidental, el Papa Urbano II, hacía un llamamiento para emprender una peregrinación armada hacia Oriente, lo que actualmente conocemos con el nombre de cruzada. No existe ninguna versión oficial del llamamiento del pontífice, lo que hace muy difícil conocer las reales intenciones expresadas en el concilio de Clermont-Ferrand. En los hechos, Urbano II propuso una intervención bélica contra los musulmanes que habían tomado Tierra Santa y parte del Imperio Bizantino.

El 27 de noviembre de 1095, Urbano II lanzó en Clermont su llamamiento a la cruzada. La muchedumbre le respondió con el grito: “Dios lo quiere”. Aquél concilio, se dice con razón, no estaba dedicado esencialmente a la cruzada. Trató diversos problemas, en particular de la paz de Dios y de la excomunión del rey Felipe I por su bigamia. Esto es cierto, pero tuvo lugar también sólo algunos meses después del concilio de Piacenza, donde fue oída la demanda de Alejo, y donde nació la idea de cruzada. El llamamiento del Papa, por tanto, no fue ni fortuito ni improvisado. (Flori, La Guerra Santa 303)

La historiografía ha interpretado, a través de los testimonios de testigos y las cartas posteriores del mismo Papa, a este llamamiento en peregrinación armada a Oriente como una guerra santa contra el musulmán invasor. “Todos aquellos que quisieran ir tenían que jurar un voto de peregrinaje que les comprometía a seguir el camino de Dios hasta el final, o bien hasta la muerte. En compensación, la Iglesia asumía la protección de sus tierras y garantizaba el perdón de sus pecados”. (Madden 36)

Para la historiografía, en esa época la palabra cruzada aun no existía, según Madden “hubo de pasar bastante tiempo antes de que la idea de cruzada pasase a formar parte del pensamiento cristiano. El mismo término «cruzada» deriva del latín cruciatus o cruce signatus («el que lleva el signo de la cruz»), pero la noción de cruzada tan sólo empezó a definirse en tiempos del Papa Inocencio III (1198-1216)”. (51)

Para Marín, la palabra cruzada en este período no existía pero desde el siglo XVIII ha sido aceptada por los historiadores, en cambio la palabra cruzado si se empleaba en ese tiempo;

Señala Peter Partner que “las palabras croisé y croisade (…) no fueron usadas por Urbano (II) en su época, ni fue usada por persona alguna en francés o latín hasta la época de la Tercera Cruzada (1189-1193) a fines del siglo XII. Pero prácticamente todos los historiadores modernos desde el siglo XVIII (cuando la palabra inglesa crusade fue inventada) han aceptado este anacronismo”. Si el término cruzada es una creación lingüística más reciente y, por tanto, ausente en las fuentes medievales tempranas, la palabra “cruzado”, quien lleva la marca de la cruz (crucesignatus), si existía. (59)

Hasta el día de hoy persisten algunas interrogantes que no se han podido verificar a lo largo de la historia en torno a las cruzadas, dentro de ellas están las motivaciones que llevaron a los cruzados a dejar sus tierras y acudir al llamado del Papa y también si la primera cruzada realmente fue una Guerra Santa o solo una excusa para reconquistar territorios perdidos y establecer el dominio de Occidente en una zona estratégica.

No son pocas las dudas que se tienen de las motivaciones que impulsaron a los cruzados a Tierra Santa. En el año 1.000 el hombre medieval estaba acostumbrado a la guerra, debido a las invasiones de normandos, húngaros y sarracenos, y pudo haber visto en este peregrinaje una opción de librar batalla en otro sitio que no fuera Europa, ya que las guerras estaban prohibidas por la paz de Dios. Para Flori,

La cruzada no sólo se explica por la situación social de Occidente. Desde hace unos cincuenta años, se ha hecho hincapié sobre este único aspecto, presentando a esta parte del mundo como una región perpetuamente agitada por guerras intestinas, y a la cruzada como un exutorio necesario, como una especie de válvula de seguridad para los caballeros molestos por las obligaciones de una paz de Dios que prohibía las guerras privadas. Occidente habría resuelto, en cierto modo, sus problemas internos exportando la violencia, enviando a sus peores agitadores a combatir lejos de sus fronteras. Aunque hay una parte de verdad en esta percepción de las cosas, ello sólo es válido para una ínfima parte de los contingentes cruzados. (Flori, La Guerra Santa 294)

La idea que se desprende del llamamiento del Papa, si bien era la de un peregrinaje de reconquista contra el infiel musulmán, en donde la meta era recuperar Jerusalén, utilizando la guerra como medio y con el fin de lograr la salvación a través de la cruzada, también desprende que podía existir otros motivos, además de los religiosos, Madden indica “los motivos de los cruzados debieron de ser en buena parte religiosos. Pero el canon segundo del concilio de Clermont sugiere que tal vez hubiese algo más: «Todo aquel hombre que parta por pura devoción, no para buscar fama ni riqueza, sino para liberar a la Iglesia de Dios en Jerusalén, se verá libre de toda penitencia»”. (38)

Para Flori, es aún más evidente que si bien la cruzada tenía una motivación religiosa, también existían otras motivaciones mundanas,

El argumento siempre evocado de Clermont no tuvo ningún alcance, pues sólo valió para los que emprendieron la ruta como penitentes. Pero, ¿y los otros? ¿Cómo puede afirmarse que todos partieron por aquel solo motivo? Ello constituye una verdadera petición de principio a la que se oponen completamente a la vez la actitud real de la mayor parte de los cruzados, los textos antes citados y hasta el decreto de Clermont: por su misma restricción, subraya que la búsqueda de riqueza y de gloria formaba parte de las motivaciones naturales de los cruzados. (Flori, La Guerra Santa 316)

Para Eberbard, las motivaciones de los cruzados no solo se deben buscar en el ámbito de lo religioso,

También intervinieron factores económicos y sociales en mayor medida de lo que se admite por regla general. En la discusión especializada más concreta se han dejado un poco de lado, aunque tienen gran importancia en el problema. Se ha señalado constantemente el deseo de aventuras de los caballeros y su ansia de botín. En Oriente parecía especialmente atractiva la posibilidad de hacer fortuna con rapidez y alcanzar una posición más importante que la que permitían las circunstancias en la vieja patria. (37-38)

Y es una visión válida desde el punto de vista del hombre actual, en donde la búsqueda de riquezas, fama y tierras, son los elementos que mueven a las personas, y porque no también en la edad media a los caballeros que no podían optar a estas ganancias en su tierra natal.

Para el historiador Jacques Le Goff, las cruzadas son solo una excusa para exportar la guerra a Oriente, en su libro La Civilización Medieval señala que,

Cuando Urbano II en el 1095 encendió el fuego de la cruzada en Clermont, cuando san Bernardo lo atizó en el 1146 en Vézelay, pensaban transformar la guerra endémica de Occidente en una causa justa, la lucha contra los infieles. Querían purgar a la humanidad del escándalo de los combates entre correligionarios, dar al ardor belicoso del mundo feudal una salida digna, indicar a la cristiandad el gran objetivo, el gran proyecto capaz de forjar la unidad de pensamiento y de acción que le faltaba. (60)

Además, Le Goff realiza una crítica a las motivaciones de los cruzados, “no cabe duda que la cruzada les pareció a los caballeros y a los aldeanos del siglo XI —aunque este impulso no estuviera claramente formulado ni experimentado por los cruzados— una salida al exceso de población, y el deseo de tierras, de riquezas, de feudos más allá del mar fue un cebo primordial”. (59)

Quizás nuestra visión actual no nos permite ponernos en el lugar del cruzado, comprometido con el llamado del Papa a este peregrinaje, y es que es muy difícil imaginar, con el estilo de vida que tiene la humanidad hoy, que un grupo de hombres lo dejaran todo para partir a un peregrinaje armado cuyos fines fueran liberar Tierra Santa y limpiar sus pecados.

Es posible que esa tendencia tan propia de nuestros tiempos a mostrarnos escépticos ante las motivaciones religiosas y espirituales nos impida entender con claridad las cruzadas. Y es que la idea de la Guerra Santa estaba plenamente asumida por aquel entonces, pero por lo general la gran masa la interpretaba como un modo de alcanzar la salvación a costa de la vida de los enemigos de la fe. El Papa Urbano II, que dio a este concepto una nueva dimensión al asociarla con la indulgencia de los pecados, dejó claro que la ambición personal no había de convertirse en el objetivo de los cruzados. (Madden 39)

En la actualidad está vigente el debate sobre si la cruzada es una Guerra Santa, una Guerra Justa o una especie de Yihad. Debido al escenario actual del mundo, en donde extremistas musulmanes han proclamado una Yihad contra Occidente, y donde podemos ver en las noticias atentados en diversos puntos del planeta, cabe preguntarse si verdaderamente la cruzada fue una Guerra Santa proclamada por Dios, si cumplía con los requisitos de una Guerra Justa y si se le puede equiparar a la Yihad islámica.

Las dudas surgen debido a que dentro del pensamiento cristiano y basado en la doctrina cristiana del no matar, ¿es posible que el Dios de Jesucristo llame a una cruzada contra un pueblo que no tiene las mismas creencias? Si bien en el antiguo testamento, el Dios de Israel es un Dios castigador y guerrero, el Dios de los cristianos a través de Jesucristo proclama el amor hacia el prójimo, la tolerancia a la diversidad y la piedad. Y todo esto difiere de las cruzadas, en donde Dios a través de la cabeza de la Iglesia de Occidente llama a una Guerra Santa contra los musulmanes.

Para Riley-Smith en su libro ¿Qué Fueron las Cruzadas?, desde el siglo IV se creía que existían ocasiones en las que la lucha armada es justificable, y en ciertas circunstancias “puede no aplicarse el quinto mandamiento, que contiene la prohibición divina del homicidio”. (29). Las circunstancias que describe son dos, la Guerra Justa que “parte de la premisa de que la violencia es un mal, pero, en condiciones intolerables y a condición de que ésta se someta a unas normas estrictas, Dios puede perdonar una guerra y considerarla como un mal menor” (Riley-Smith 29) y la Guerra Santa, que “aceptaba comúnmente que la violencia no era un mal intrínseco, sino que era moralmente neutra, y que su valor moral se derivaba de las intenciones de sus perpetradores. Por tanto, desde una perspectiva teórica resultaba posible concebir una violencia «buena» e incluso una persecución «justa»”. (Riley-Smith 30)

El concepto de Guerra Justa, ha sido empleado desde la Antigüedad, siendo el filósofo griego Aristóteles en su libro la Política quien acuño la expresión “Guerra Justa”.

La guerra representaba una forma natural de adquisición para el Estado, pero no debía suponer un fin en sí misma. Podía hacerse uso legítimo de ella en defensa propia, para evitar la esclavización del Estado; para conseguir un imperio que beneficiase a los habitantes del Estado conquistador; o para esclavizar a sujetos no helénicos que lo merecieran. La clave residía en la justicia de los fines para los cuales se había desplegado la batalla. (Tyerman 40)

Para el historiador Tyerman en su libro Las Guerras de Dios, la guerra “estaba justificada en caso de que una de las partes fuera culpable de haber roto un acuerdo o haber cometido injusticia sobre el contrario” (40) y para que una guerra sea justa “necesita de una causa justa; su objetivo debe ser o bien la defensa, o bien la recuperación de una posesión legítima; la autoridad legal debe autorizarla; los combatientes deben sentir como motivo el de un objetivo justo”. (Tyerman 42)

Para Marín, “sólo se puede hablar de “Guerra Santa” cuando se incorpora una recompensa celestial –especialmente el martirio, pero también la remisión de los pecados- a quienes mueran en el campo de batalla defendiendo una causa que deba ser justa y legítima”. (77)

Para Tyerman una Guerra Santa “dependía de la voluntad divina, constituía un acto religioso, estaba dirigida por el clero o autorizada a los gobernantes laicos por inspiración divina y les ofrecía recompensas espirituales; en cambio, la Guerra Justa formaba una categoría legal justificada por la necesidad, la conducta y los fines seculares y atraía beneficios temporales”. (43)

Para García en su libro La Edad Media Guerra e Ideología Justificaciones Religiosas y Jurídicas, desde Gregorio VII se venía formando la idea de una Guerra Santa contra los musulmanes, debido a las persecuciones de estos hacia los cristianos de oriente. Y la idea tomo más fuerza con Urbano II, ya que “nunca hasta ahora se puso tanto énfasis en la situación de desamparo e injusticia en la que vivían aquellos, de manera que su liberación o la venganza por sus sufrimientos se convirtió en uno de los argumentos recurrentes a la hora de motivar una guerra ofensiva contra los infieles”. (García 174)

Grousset señala que la idea de Urbano II se distinguió de las anteriores por su carácter religioso internacional,

El Papa llamó a la lucha contra el Islam a toda la Cristiandad. Desde que los primeros califas árabes proclamaron contra los cristianos el chihad, la guerra santa musulmana, los estados cristianos, a pesar de su carácter confesional que hemos subrayado en ellos, no opusieron al Islam sino una resistencia aislada; y aun cuando hubo de su parte guerra religiosa, no dejaba de ser una guerra nacional, hasta una guerra de nacionalidad (Bizancio, Armenia). Con Urbano II, la cristiandad responde al Islam con una guerra santa general. En ese sentido, la cruzada se opone y se iguala verdaderamente al chihad, puede decirse que la cruzada es un contra chihad. (22)

Pero no todas las guerras contra los musulmanes son guerras santas, como indica Marín “sólo las guerras contra los infieles del siglo XI en adelante, y no todas, pueden calificarse de “Guerra Santa” y cruzada, siempre que se cumplan las características ya señaladas, pues, según se ha especificado, uno y otro termino no son necesariamente sinónimos”. (132) Si bien la cruzada posee todas las características de una Guerra Justa, ya que se ajusta “a los criterios de la causa justa, la autoridad del príncipe y la intención correcta”. (Riley-Smith 32) y además cumplía con los criterios de una Guerra Santa, al estar autorizada por el clero, de inspiración divina y con una recompensa espiritual, posee una característica particular, “una cruzada era una clase especial de Guerra Santa porque llevaba implícito un componente penitencial”. (Riley-Smith 31)

Para Flori la cruzada es el resultado de un lento proceso de varios siglos que condujo a la Iglesia desde la no violencia al uso sacralizado de las armas, “pues la cruzada, desde el origen, no fue solamente una loable peregrinación armada, como hoy se tiende a decir; fue también, y tal vez sobre todo, una “Guerra Santa”, o, mejor dicho, una guerra sacralizada, en la medida que el concepto mismo de Guerra Santa parece inaceptable en nuestra época”. (Flori, La Guerra Santa 12)

Por lo general se confunde como sinónimos la palabra Yihad con Guerra Santa, y en la actualidad el debate está más abierto que nunca. Para Flori;

La palabra yihad, que generalmente se traduce por «Guerra Santa», expresa una noción mucho más amplia que ese único aspecto belicoso: puede traducirse por «esfuerzo realizado en la vía de Dios». Reviste un sentido general y puede aplicarse a toda iniciativa loable que tenga como finalidad el triunfo de la verdadera religión sobre la impiedad, y puede aplicarse así al esfuerzo de purificación moral individual del creyente. Existen varias especies de yihad que no tienen nada que ver con la guerra. El Corán habla, por ejemplo, del yihad del corazón, del yihad de la lengua (Corán III, 110, 114; Corán IX, 7), etc. No se puede, pues, identificar estrictamente yihad y Guerra Santa. Yihad tiene un significado más amplio, aunque el término, en cambio, recupera asimismo la noción de combate guerrero, expresado mediante el «yihad de la espada». (Flori, Guerra Santa, Yihad…74)

Si empleamos el termino Yihad como Guerra Santa contra los infieles, la diferencia entre la Guerra Santa y cruzada de los cristianos y el Yihad musulmán, es que la sacralización de la guerra en Occidente fue el resultado de una evolución de cerca de mil años, mientras que el Yihad es original de la religión musulmana. “La cruzada fue una Guerra Santa que, para responder al yihad que encontró al termino de dicha evolución doctrinal de mil años, dio la espalda a la doctrina del Evangelio y de la Iglesia primitiva para extraer de las «Guerras del Padre Eterno» relatadas en el Antiguo Testamento argumentos destinados a alimentar su nueva actitud”. (Flori La Guerra Santa 349)

El cristianismo primitivo condenaba la violencia, el mismo Jesucristo practicaba la no violencia, y el perdón de las ofensas, en cambio;

El islam no tuvo, desde sus orígenes, ninguna reticencia respecto a la acción guerrera. No fue condenada ni por revelación coránica ni por el comportamiento real de su fundador. Mahoma, contrariamente a Jesús, no sólo no rechazó el uso de la violencia armada, sino que él mismo la practicó como jefe de tropas, la predicó en varias circunstancias y no dudó incluso en hacer asesinar a algunos de sus adversarios, en particular a los poetas árabes que lo habían ridiculizado en sus canciones. (Flori, Guerra Santa, Yihad… 75)

Por lo tanto el Yihad islámico y la Guerra Santa no serían sinónimos, ya que sus orígenes difieren, y la cruzada como una Guerra Santa que pretendía liberar Jerusalén y entregaba recompensas espirituales a los cruzados llamados en esa primera cruzada, también difiere del concepto de Yihad islámica, ya que la cruzada fue en un tiempo determinado, y no algo duradero en el tiempo hasta la actualidad, como si lo es el Yihad.

Entonces ¿podemos llamar a la primera cruzada como una Guerra Santa? Cumple con las características de una Guerra Santa, pero no se debe olvidar que;

De aquellos que libraban una guerra legítima se esperaba, pues, una actitud apropiada a la recta intención que les guiaba, lo que suponía un ánimo piadoso, justiciero y obediente, una rectitud moral, una disposición interna pacífica, impregnada de benevolencia. Este buen celo excluía que la intención del combatiente al librar la guerra pudiera basarse en el odio al enemigo, en el deseo de venganza, en la ambición política, en la esperanza de conseguir botín o en la simple crueldad. (García 57)

Es en este punto, en el de las intenciones de los cruzados, en donde se produce una ruptura con la idea de una Guerra Santa, son varios los testimonios que se tienen en el presente acerca de las atrocidades cometidas por los cruzados en su paso a Tierra Santa, situaciones indefendibles, que hasta el día de hoy los musulmanes recuerdan con horror.

Según el historiador árabe Ibn al-Atir en su paso por Maarat los cruzados francos, a los cuales denomina frany, prometieron perdonarles la vida a los musulmanes si detenían la lucha, relata que “al alba llegan los frany: es una carnicería. Durante tres días pasaron la gente a cuchillo, matando a más de cien mil personas y cogiendo muchos prisioneros”. (Maalauf 68)

Las atrocidades cometidas por los frany en Maarat también han sido descritas por occidentales, el historiador francés Raúl de Caen relata, “en Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados” (Maalauf 68), también hay testimonio en cartas oficiales “así lo afirmarán sus jefes al año siguiente en una carta oficial al Papa: Un hambre terrible asaltó al ejército en Maarat y lo puso en la cruel necesidad de alimentarse de los cadáveres de los sarracenos.” (Maalauf 69)

El cronista francés de la primera cruzada, Alberto de Aquisgrán, que participó en la batalla de Maarat relata, “¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los perros!” (Maalauf 70)

Los cruzados no cesaron en sus atrocidades, al tomar la ciudad de Jerusalén y llegaron a un trato con el ejército musulmán,

Los frany cumplieron su palabra, y los dejaron marchar por la noche hacia el puerto de Ascalón, donde se afincaron –contará concienzudamente Ibn al-Atir, antes de añadir-: A la población de la ciudad santa la pasaron a cuchillo, y los frany estuvieron matando musulmanes durante una semana. En la mezquita al-Aqsa, mataron a más de setenta mil personas. E Ibn al-Atir, que evita citar cifras incomprobables, puntualiza: Mataron a mucha gente. A los judíos los reunieron en su sinagoga y allí los quemaron vivos los frany. Destruyeron también los monumentos de los santos y la tumba de Abraham -¡la paz sea con él! (Maalauf 85)

Los árabes recuerdan hasta el día de hoy cuando el sucesor del profeta Mahoma, el califa Umar tomo Jerusalén en el año 638, y prometió que se respetaría la vida y los bienes de todos los habitantes.

Mientras se hallaba en la Iglesia de la Qyama, el Santo Sepulcro, como había llegado la hora de la oración, Umar le había preguntado a su anfitrión donde podría extender su alfombra para prosternarse. El patriarca lo había invitado a permanecer donde estaba, pero el califa había contestado: «Si lo hago, los musulmanes querrán apropiarse mañana de este lugar diciendo: Umar ha orado aquí». Y, llevándose su alfombra fue a arrodillarse fuera. Estuvo en lo cierto, pues en ese mismo lugar fue donde se construyó la mezquita que lleva su nombre”. (Maalauf 86)

Un comportamiento totalmente distinto al de los cruzados al tomar Jerusalén, “Una de las primeras medidas que toman los frany es la de expulsar de la Iglesia del Santo Sepulcro a todos los sacerdotes de los ritos orientales –griegos, georgianos, armenios, coptos y sirios-, que oficiaban en ella conjuntamente en virtud de una antigua tradición que habían respetado hasta entonces todos los conquistadores”. (Maalauf 86)

            Las motivaciones de los cruzados seguirán siendo tema de investigación en la Historia, por el momento no es posible llegar a una conclusión del motivo que llevo a los cruzados a partir a Tierra Santa, no se puede aplicar una generalización a la masa de cruzados que viajaron, pero tampoco se puede descartar que más de alguno tuviera otras intenciones menos religiosas.

Lo que si se tiene claro, es que a pesar de tratarse de un peregrinaje armado a Tierra Santa, las intenciones detrás de quienes la formularon era recuperar terrenos santos para la cristiandad, si bien los cruzados se establecieron por años en los reinos latinos de Oriente, y saquearon y mataron a los que no compartían su religión, la intención detrás de la primera cruzada, más allá de enviar ayuda a Bizancio, era una cruzada para liberar la ciudad celestial en la tierra.

Para Riley-Smith, las cruzadas son una gran enseñanza para Occidente,

Para bien o para mal, introdujeron fuerzas nuevas en la política de la región del Mediterráneo oriental que perdurarían más de seiscientos años y contribuyeron a fomentar elementos de la cristiandad latina que ahora se consideran intrínsecos a ella. No se puede adoptar una actitud indiferente respecto a su historia: se concibieron para prestar apoyo a una causa que ha sido descrita como la más noble y la más vil, y a lo largo de los siglos los hombres han acudido a ellas para recibir inspiración o para aprender una lección sobre la corruptibilidad humana. (23)

Podemos llamar a la primera cruzada una Guerra Justa, porque posee todas las características que la hacen justa, podemos decir que fue una Guerra Santa, en teoría, porque también cumple con esas características, aunque las atrocidades cometidas por los cruzados en su paso por Oriente impiden verla como una causa justa, el fin no justifica los medios, y en este caso los saqueos, matanzas y el canibalismo demostrado llevan a pensar que las intenciones cruzadas no eran las más santas.

Dejando de lado las circunstancias del peregrinaje, la primera cruzada cuenta con las características que la convierten en una Guerra Santa, no así en un sinónimo del Yihad islámico, ya que la cruzada tenía un fin, el que se cumplió cuando los cruzados tomaron Jerusalén, y formaron los estados latinos en Oriente. Hilarie Belloc en su libro Las Cruzadas indica que solo existió una cruzada, la primera, ya que fue la única que cumplió su propósito, que era liberar Jerusalén,

No hubo en realidad, sino una sola Cruzada,… la gran irrupción de toda Europa occidental en Oriente para el rescate del Santo Sepulcro. Y ésta había fracasado luego de transcurrido lo que dura una larga vida de hombre, porque al caer Jerusalén en manos de los infieles desapareció el propósito de la gran campaña primitiva, y sus frutos se perdieron. (342)

La cruzada cumplió su objetivo, y cuando Jerusalén paso a manos de los musulmanes en 1187, ese objetivo se terminó, posteriormente se realizaron otras cruzadas, pero solo la primera puede ser considerada una Guerra Santa, todas las demás son incursiones armadas que finalizan en 1291, y desde ahí la cristiandad occidental nunca más ha vuelto a proclamar otra Guerra Santa. Muy distinto a la situación del Islam, que desde su fundación ha optado por mantener una lucha armada contra los infieles hasta el día de hoy.

Si se mira desde la óptica actual, la primera cruzada puede ser catalogada como una reconquista de territorios en un punto estratégico para el comercio de Europa y Oriente, para Le Goff, “el efímero establecimiento de los cruzados en Palestina fue el primer ejemplo de colonialismo europeo y que, como precedente, está pletórico de enseñanzas para el historiador”. (60)

Pero de lo que no hay duda es que la cruzada marca el inicio de la hegemonía de Occidente en el mundo, el historiador Steven Runciman lo señala mejor al decir que;

Tanto si las consideramos como la más grandiosa y más romántica de las aventuras cristianas o como la última de las invasiones de los bárbaros, las cruzadas constituyen un hecho central en la Historia de la Edad Media. Antes de su iniciación, el centro de nuestra civilización estaba situado en Bizancio y en los países del Califato árabe. Antes de su desaparición, la hegemonía de la civilización se había desplazado a la Europa occidental. (13)


Bibliografía 

·         Belloc, Hilaire. Las Cruzadas. Buenos Aires: Emecé Editores, 1951. Impreso.

·         Eberbard Mayer, Hans. Historia de las Cruzadas. Toledo: Ediciones Istmo, 2001. Impreso.

·         Flori, Jean. Guerra Santa, Yihad, Cruzadas, Violencia y Religión en el Cristianismo y el Islam. Granada: Editorial Universidad de Granada, 2004. Impreso.

·         Flori, Jean. La Guerra Santa. La Formación de la Idea de Cruzada en el Occidente Cristiano. Madrid: Editorial Trotta, 2003. Impreso.

·         García Fitz, Francisco. La Edad Media Guerra e Ideología Justificaciones Religiosas y Jurídicas. Madrid: Silex Ediciones, 2003. Impreso.

·         Grousset, René. Las Cruzadas. Argentina: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965. Impreso.

·         Le Goff, Jacques. La Civilización del Occidente Medieval. España: Editorial Paidos, 1999. Impreso.

·         Maalouf, Amin. Las Cruzadas Vistas por los Árabes. Madrid: Alianza Editorial, 2010. Impreso.

·         Madden, Thomas F. Cruzadas, Cristiandad, Islam, Peregrinación, Guerra. Barcelona: Editorial Blume, 2008. Impreso.

·         Marín Riveros, José. Cruzada, Guerra Santa y Yihad. La Edad Media y Nosotros. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2003. Impreso.

·         Riley-Smith, Jonathan. ¿Qué Fueron las Cruzadas? Barcelona: Editorial Acantilado, 2012. Impreso.

·         Runciman, Steven. Historia de las Cruzadas vol. 1. Madrid: Editorial Alianza, 1987. Impreso.

·         Tyerman, Christopher. Las Guerras de Dios. Barcelona: Editorial Crítica, 2007. Impreso.

lunes, 16 de abril de 2018

Las Migraciones Bárbaras


En la historia de la humanidad, siempre el ser humano ha luchado contra lo que es diferente, contra el que está fuera de los límites (tanto geográficos como culturales). Lo vemos en la biblia y sus constantes luchas entre pueblos distintos entre sí, por razones territoriales, religiosas o culturales. También lo podemos ver en el antiguo Egipto, que tomaba de esclavos a los pueblos que estaban fuera de sus límites, lo mismo en la antigua Grecia, quienes apodaron como “bárbaros” a los pueblos extranjeros y en el Imperio Romano, que se apropiaron del mismo concepto.

Hoy en día vemos algo similar en los conflictos con oriente, en especial con los países musulmanes. Si bien las guerras de hoy no son por estar fuera de los límites territoriales, sí lo son por estar fuera de los límites culturales, al no compartir la misma religión ni cultura. Para el hombre occidental del siglo XXI, los bárbaros serían los orientales, a quienes no les entendemos su lengua, religión ni tradiciones.

Pero ¿cómo el concepto de bárbaro se tornó tan importante en la historia del hombre, y tan determinante en el curso de la civilización occidental?

En la época de la antigüedad tardía, desde comienzos del siglo III, las fronteras del Imperio Romano se vieron amenazadas por los germanos en el norte y los persas en el este. En el siglo IV, los emperadores autorizaron el ingreso de pueblos germanos al Imperio en calidad de federados (aliados) quienes recibían un pago anual a cambio de asumir la defensa de la frontera frente a la presión de otras tribus bárbaras. Los francos en 358, los visigodos en 367 y los vándalos en 409 recibieron este trato. El ingreso, que en un comienzo fue lento, se transformó en una oleada masiva cuando el pueblo estepario de los hunos ingresó a Europa en el año 370. Una vez dentro del territorio imperial, los pueblos germanos rompieron los vínculos federativos y crearon sus propios reinos, al tiempo que sus generales asumían puestos de mando en el ejército de Roma y se unían a la aristocracia romana por vínculos de sangre. De esta forma se describe el proceso de las invasiones o migraciones bárbaras, determinantes en la formación de la actual Europa.

Desde la antigüedad los griegos y romanos describen como bárbaros a los pueblos ajenos a los límites de sus imperios, el historiador Guy Halsall en su libro Las Migraciones Bárbaras y el Occidente Romano, 376-568, indica que “el barbarus, era alguien que hablaba una lengua ininteligible, literalmente alguien que farfulla”. (P 61) El historiador Jacques Heers en su libro la Historia de la Edad Media nos cuenta que:

“los griegos, como más tarde los romanos, llamaban bárbaros a todos los pueblos claramente extranjeros, es decir, ajenos a su civilización, sus modos de vida, sus estructuras económicas y sociales, su cultura e incluso su lengua. De hecho, a lo largo del Imperio, se consideró bárbaro al hombre de las estepas o de los bosques, nómada aun en los pueblos de agricultores y, en todo caso, incapaz de asimilar la civilización grecorromana, esencialmente urbana. El termino resulta especialmente útil para ocultar una casi total ignorancia de los pueblos establecidos más allá del limes”. (P 14)

Más tarde, “durante la lucha por el dominio en Italia y en el Mediterráneo, Roma se apropió del vocabulario griego de bárbaro, de manera que para comienzos del Imperio los bárbaros eran fundamentalmente quienes vivían más allá de los límites políticos y se oponían al gobierno romano”. (Halsall P 61)

Tradicionalmente, se estudia que la caída del Imperio Romano de occidente en el año 476 marca el fin de la antigüedad y el comienzo de la edad media, y los historiadores han culpado a las invasiones bárbaras y la barbarización del ejército romano como las principales causas de la caída del Imperio. Debemos recordar que son múltiples las causas del deterioro del Imperio, entre ellas las más estudiadas son las crisis económicas, la adopción del cristianismo y los problemas administrativos para gobernar las extensas zonas del Imperio. Los bárbaros si bien constituyen una de las causas, según Guy Halsall cuando se les indica como culpables “rara vez se explica su desplazamiento, excepto como una oleada primigenia hacia el Mediterráneo, o la teoría del dominó tardoantiguo, iniciada por la presión de los hunos”. (P 26)

Existen diversas teorías y nuevas líneas de investigación que tratan este aspecto. Dentro de estas líneas de investigación hay quienes creen que el Imperio Romano de Occidente no cayó y que sufrió una transformación, una fusión entre el catolicismo del Imperio Romano y sus instituciones y la cultura bárbaro-germana, formando una nueva etapa en la historia de la humanidad, la edad media que conocemos y que dio forma a la actual Europa.

El historiador Jacques Heers propone que “más que una caída parece un largo periodo de adaptación a un nuevo equilibrio étnico, a nuevas estructuras políticas y sociales”. (P 11)

Guy Halsall señala diversas teorías de esta continuidad, como la de Fustel de Coulanges, quien “sostenía que las invasiones o migraciones en realidad habían tenido poco efecto sobre la sociedad y las instituciones de la Galia. Muchas de esas instituciones eran continuaciones de la situación romana, o eran nuevas creaciones surgidas de los acontecimientos del periodo” (P 36), además cita la tesis de Henry Pirenne quien “sostenía que el mundo romano era una unidad económica en torno al Mediterráneo, que sobrevivió a las invasiones bárbaras sin apenas cambios y sólo se colapsó cuando las conquistas árabes del siglo VII rompieron la coherencia del Mediterráneo, separando el norte cristiano del sur islámico”. (P 36)

Otra teoría aceptada, propone la continuidad entre el Imperio Romano y la edad media a través de la permanencia de la Iglesia y la institución imperial, a través de la translatio Imperii que había promovido el Papa Silvestre en la Navidad del año 800, al coronar como nuevo emperador a Carlomagno.

También dentro de estas nuevas líneas de investigación, sobre todo alemanas, que buscan estudiar el pasado común y cómo las raíces germanas ayudaron a formar la Europa actual, se encuentra la teoría de que las invasiones bárbaras en realidad fueron migraciones. El historiador Guy Halsall nos indica que “el término "migraciones bárbaras"; (Völkerwanderung) apareció en el siglo XVI, y en el XIX la idea de que todos los alemanes tenían un origen común en estos bárbaros encontró una nueva vigencia política dentro del movimiento de la unificación alemana”. (P 29)

Si bien efectivamente los bárbaros entraron en el Imperio en masa huyendo de las invasiones de los hunos en el siglo IV, debemos recordar que los bárbaros habían estado entrando al Imperio desde la República y que tanto los francos y los godos entraron de forma progresiva y pacífica al Imperio desde el siglo III, ocupando cargos administrativos y en el ejército, en un proceso llamado la barbarización del ejército romano.

Para Jacques Heers se trató de migraciones lentas e inadvertidas que el Imperio aprovechó para robustecer a su ejército,

“es más frecuente que los bárbaros se introduzcan en el Imperio, sin enfrentamientos, en virtud de acuerdos de todo tipo que les abrían pacíficamente el limes: se trataba de infiltraciones lentas e inadvertidas, migraciones más que invasiones. Hacía siglos que Roma reclutaba mercenarios bárbaros de caballería e infantería para sus cuerpos auxiliares…” (P 13)

Existían categorías en las relaciones que establecían los romanos con los bárbaros asimilados, Halsell indica que:

“estaban los dediticii, bárbaros que se habían rendido al Imperio y habían sido recibidos dentro del Estado para su asentamiento. Probablemente eran el elemento más numeroso de la población no romana. Otra categoría bastante extendida a partir del siglo III fue la de los laeti: bárbaros capturados por los romanos y asentados en la tierra más que ser inmediatamente masacrados o arrojados a las bestias, como era lo habitual… También estaban los foederati, bárbaros en una relación de tratado (foedus) con el Imperio, pero en el siglo IV estos bárbaros vivían completamente fuera de las fronteras imperiales efectivas”. (P 167-168)

Los bárbaros aprovechaban la hospitalidad romana a través de los tratados o foedus, en el cual ambos se comprometían a asistencia mutua entre el Imperio y el pueblo bárbaro.

“La ambición de los bárbaros era arrancar de los romanos la hospitalidad que les aseguraba tierras a cambio de servicios militares y de respetar la legislación del Imperio. De esta forma, tribus, poblaciones o pueblos enteros obtenían un foedus, esto es, un tratado que precisaba las condiciones de asentamiento de los confederados en tierras abandonadas o en dominios de los grandes propietarios romanos. Estos acuerdos, que revitalizaban ciertas tradiciones propias del asentamiento de los soldados del ejército imperial en campaña, atribuían a cada familia bárbara una parte –sors- de las tierras del huésped (el tercio o los dos tercios según los casos), mientras que los bosques y pastos permanecían a menudo indivisos”. (Heers P 14)

Esta absorción de migrantes fue un proceso largo y que se acentuó en el siglo IV cuando los hunos avanzaron hacia occidente, en lo que comúnmente se denomina las invasiones bárbaras. Más que una invasión, este proceso consistió en la absorción de refugiados bárbaros en los límites del Imperio, quienes huían de los hunos. Le Goff indica que los pueblos bárbaros que entraron al Imperio, lo hicieron por miedo y desesperación ante la llegada de los hunos, “los invasores son fugitivos presionados por algo más fuerte o más cruel que ellos. Su crueldad es con frecuencia la crueldad de la desesperación, sobre todo cuando los romanos les niegan el asilo que ellos piden con frecuencia de forma pacífica”. (P 22)

Según Le Goff el proceso de absorción de los pueblos bárbaros se ve en la administración del Imperio, en donde hacía siglos que los bárbaros ostentaban puestos de poder,

“la gran crisis del siglo III socava el edificio. La unidad del mundo romano se esfuma: el corazón, Roma e Italia, se anquilosa, ya no riega los miembros que intentan vivir su propia vida: las provincias se emancipan y después se convierten en conquistadoras. Españoles, galos y orientales invaden el senado. Los emperadores Trajano y Adriano son españoles y Antonino, de ascendencia gala; bajo la dinastía de los Severos, los emperadores son africanos y las emperatrices sirias. El edicto de Caracalla concede en el 212 el derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio. Tanto este ascenso provincial como el éxito de la romanización muestran el ascenso de fuerzas centrífugas. El Occidente medieval será el heredero de esta lucha: ¿unidad o diversidad?, ¿cristiandad o naciones?” (P 20)

Existía una interacción cultural entre bárbaros y romanos en las fronteras del Imperio, además desde hacía mucho tiempo que algunos pueblos bárbaros se integraron completamente al Imperio, llegando a ostentar puestos en la administración romana y en el propio ejército.

“El Ejército era, como siempre había sido, una comunidad en sí misma, desarrollando su propio conjunto de identidades. Lo que es interesante para nuestros propósitos es que en el Bajo Imperio estas identidades estaban claramente construidas en torno la imaginería "bárbara";. Esto era así en parte porque el Ejército reclutaba mucho en las regiones más allá de la frontera, de manera que muchos hombres y oficiales eran bárbaros. Sin embargo, los romanos siempre habían empleado tropas bárbaras y probablemente se ha sobreestimado hasta qué punto el Ejército estaba siendo "barbarizado"; antes del 400 aproximadamente”. (Halsall P 117-118)

No solo los romanos se beneficiaron de las relaciones con los bárbaros, éstos también sacaban provecho del Imperio a través de las instituciones romanas, de las cuales eran admiradores. Esta admiración hizo que los bárbaros adoptaran fácilmente las costumbres romanas, y las continuaran a pesar de la “caída del Imperio”,

“queda en pie no obstante la atracción que ejercía la civilización romana sobre los bárbaros. Los jefes bárbaros no sólo se rodearon de romanos como consejeros, sino que intentaron adoptar con frecuencia las costumbres romanas y dotarse de títulos romanos: cónsules, patricios, etc. No se presentaban como enemigos, sino como admiradores de las instituciones romanas. Se les podría tomar todo lo más como usurpadores. No eran más que la última generación de esos extranjeros, españoles, galos, africanos, ilirios, orientales que, poco a poco, habían llegado hasta las más altas magistraturas y al Imperio. Más aún: ningún soberano bárbaro osó erigirse a sí mismo en emperador. Cuando Odoacro depone en el 476 al emperador de Occidente Rómulo Augústulo, envía al emperador Zenón en Constantinopla, las insignias imperiales diciéndole que un solo emperador es suficiente. «Apreciamos más los títulos conferidos por los emperadores que los nuestros», escribe un rey bárbaro a un emperador. El más poderoso de ellos, Teodorico, toma el nombre romano de Flavio, escribe al emperador: ego qui sum servus vester et filius, «yo, que soy vuestro siervo y vuestro hijo», y le declara que su única ambición es hacer de su reino «una imitación del vuestro, una copia de vuestro imperio sin rival». Hay que esperar al año 800 y a Carlomagno para que un jefe bárbaro ose hacerse emperador”. (Le Goff P 26)

Los reyes de estos reinos bárbaros tomaban nombres romanos y seguían respetando las costumbres y rituales del Imperio. A pesar de que Clodoveo, Teodorico y Alarico pusieron fin al Imperio, y otros pueblos bárbaros llegarían más tarde, como los lombardos, los Anglos y los Sajones, respetaban la tradición romana, y cambiaron las insignias germánicas por las romanas. A la llegada de estos pueblos bárbaros se produjo una mezcla cultural donde nació la civilización medieval, con aportes de romanos y bárbaros.

Si bien la visión de los bárbaros con el paso del tiempo quedó detenida en la edad media, la carga simbólica del concepto bárbaro se traspasó a la de extranjero. Hoy tenemos presidentes que quieren construir muros para evitar las migraciones, tenemos países que se niegan a aceptar refugiados de guerras que ellos mismos empezaron y tenemos una sociedad que no acepta la diversidad y discrimina al migrante. Si antes el bárbaro era la persona que vivía fuera de los límites del imperio romano, con una religión e idioma distinto, y con tradiciones diferentes, hoy se replica en el extranjero que viene de otro país, y que muchas veces no tiene nada de diferente a nosotros, más que su color de piel, pero se les sigue tratando como diferentes.

Es curioso que los llamados pueblos bárbaros de la edad media, hoy ostenten el titulo de los países desarrollados, con economías fuertes y liderando la Unión Europea, y que durante la historia reciente hayan protagonizado dos de las guerras más inhumanas de las que se tengan registro.

El ser humano se ha movido por la faz de la tierra desde que apareció hace miles de años, las migraciones han sido una constante en los pueblos y civilizaciones de nuestra historia. Estas migraciones han conformado el mapa actual de nuestro mundo, si bien las invasiones del siglo IV, a las que muchas veces la historia las ha tildado de violentas, influyeron en la creación de las naciones europeas, no debemos olvidar que existieron otras migraciones mucho más violentas y protagonizadas por hombres europeos, supuestamente no bárbaros, quienes no dudaron en cruzar océanos y dominar otros pueblos, como es el caso de América y África.



Bibliografía 

·         Halsall, Guy. Las Migraciones Bárbaras y el Occidente Romano, 376-568. Valencia: Editorial Publicaciones Universitat de Valencia, 2012. Impreso.

·         Heers, Jacques. Historia de la Edad Media. Barcelona: Editorial Labor, 1984. Impreso.

·         Le Goff, Jacques. La Civilización del Occidente Medieval. Barcelona: Editorial Paidós, 1999. Impreso.